miércoles, 28 de febrero de 2018

Retratos


A veces... en realidad casi siempre, entras por la puerta de su casa y allí está, a sus 94 años, en ese mismo sillón. A la vez que te vas quitando el abrigo y te acercas a saludarla y besarla ella se gira para incorporarse y justo antes, como ya ha oído tu voz, te dedica esta sonrisa: tierna y plácida pero alegre. ¡cómo no va a ser alegre! es lo que más le gusta, que vayas a visitarla, que te acuerdes de ella y le cuentes cómo te va la vida. Un poquito de cariño, no necesita mucho más. 
Eso sí, siempre un sutil gesto de pena, de sufrimiento, ese poquito de ceño fruncido para que le preguntes "¿qué te pasa?". Nadie entiende por qué sufre por todo, por todos, aunque haya más cosas por las que alegrarse que por las que sufrir. Pero así es ella. Habría que saber mucho de su vida para poder entender algo pero...y qué mas da. Cuando la conoces solo puedes quererla. 
La clara luz de la ventana atraviesa sus lentes y deja al descubierto tan sólo unas cuantas arrugas de lo mucho que ha vivido. Es increíble cómo se conserva. 6 hijos, 9 nietos y el número de biznietos que no para de crecer, sobrinos, amigos, vecinos... pero ahí sigue, rezando cada noche por todos, dedicando cada minuto en pensar cómo ayudar desde su impotente situación y complicadas circunstancias.
Cuando llegas a su casa nunca sabes a qué hora te irás porque allí se detiene el tiempo. ¡Cuánto se ha aprendido y compartido en ese salón!, cuántos pucheritos de arroz y garbanzos con pringá. Cuántos hemos crecido y repetido la historia allí, entre vírgenes y santos, magdalenas y secadores de pelo. 
Un día la bondad y la humildad decidieron personificarse en una pequeña niña rubita de Priego y casi un siglo después emanó toda una familia de artistas y luchadores que no pueden más que idolatrarla. 
Su pelo quedó nacarado, sus ojos gris celestial. 
Nuestros valores y mejores principios provienen de esos ojos, sus ojos, los ojos de Victoria. 
Te quiero abuela.

La bisa en carboncillo

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