En esta ocasión os quiero hablar de una experiencia que marcó mi vida para siempre, e influyó en el segundo relato que conforma mi primera novela Merecer una vida. Se trata de Martina Presidenta, un relato que da protagonismo al mundo infantil y las lecciones de vida que los más pequeños llegan a darnos en los momentos más duros. La vida es la que es para todos, sin distinción de edad. Por lo tanto, el enfoque que le demos a ésta depende de cada uno de nosotros. Hay muchísimo de lo que aprender de los niños...
Por entonces estudiaba Bellas Artes en Sevilla. Un día cualquiera, a principios de curso, me llama la atención un cartel, de entre tantos otros más estridentes sobre conciertos, talleres, anuncios... entre los ascensores que lucía así: "¿Quieres ser voluntario?". No sé por qué aquello se me quedó clavado en el subconsciente. Yo ya había hecho otros voluntariados en Priego y me habían gustado pero ese pedía seriedad y compromiso por lo que a priori descarté participar. Pensé... "si fuera unos días vale, pero todo el curso... ¿qué haré cuando lleguen los exámenes y los agobios?".
Pasaron unos días, y volví a fijarme en que ya lo habían roto pero aún quedaba una esquina con el teléfono y la dirección del organizador del evento. Lo consideré una señal y lo primero que hice fue informarme sobre la asociación que lo solicitaba. Se trataba de ANDEX, una asociación de padres y madres con niños enfermos de cáncer en el hospital Virgen del Rocío muy bien organizada. Me dio mucha curiosidad. Noté que filtraban en primer lugar con unas jornadas de concienciación y formación gratuitas de entrada libre. En ese caso no tenía nada que perder y seguro que aprendería mucho así que asistí sin compromiso alguno para continuar pero... una vez probé, ya no lo pude dejar.
Nos hablaron de que el 72% de los casos, por entonces, superaba la enfermedad. De esto hará poco menos de veinte años. Ahora, según tengo entendido, está por encima del 80%.
Los proyectos era preciosos pero ya intuía que iba a ser duro lidiar con aquella realidad día tras día pues sabía de mi especial sensibilidad y empatía.
Intentaba organizar los estudios y labores domésticas semanalmente para poder tomarme esa tarde libre para mí. Cada Jueves por la tarde, después de comer, me duchaba a conciencia, me ponía ropa recién lavada, cruzaba Sevilla entera en autobús para no sudar ni contaminar mi indumentaria y llegaba a la planta de oncología con mi acreditación. Con ilusión todo se puede y a mí me rebozaba.
El primer día busqué a la coordinadora de grupo. Ella nos decía en qué habitaciones podíamos entrar y en cuáles no. Al ser la primera toma de contacto intentaban que los principiantes pasáramos la tarde con niños recién ingresados, que aún estaban fuertes y con ganas. No fue muy distinto a pasar la tarde haciendo de canguro.
Mi primera niña tenía 3 años y se llamaba Manuela. Aparentemente era una niña sana. No se le notaba enferma en nada, aun así no se nos permitía preguntar por ese tema. Era viva y alegre. Participaba en todo lo que le proponía y se reía con facilidad. En seguida me conquistó.
Su madre aprovechó nuestra compañía para acercarse a casa a ducharse rápidamente y coger algunas cosillas que se le habían quedado atrás por lo precipitado que había sido todo. Se mostró enormemente agradecida y emocionada con nuestra labor. Estaba sola y sacando fuerzas de donde no sabía que la tenía.
Cada vez que cambiabas de actividad o de niño con el que jugar había que lavarse muy bien las manos y dejar el juego o material muy bien desinfectado otra vez en su lugar. Se me pasó la tarde rapidísimo.
Volví a casa tan reconfortada y con una sonrisa tan grande que casi no quepo en el autobús. Es una sensación indescriptible. Te llena tanto que no se puede explicar lo mucho que merece la pena probar a colaborar en voluntariados de este tipo. Cuando llegué a mi piso estaba eufórica. Deseaba cada jueves noche que llegara el jueves de la semana siguiente para comenzar de nuevo mi ritual de preparación.
Cada tarde era una sorpresa, casi siempre caras nuevas, proyectos originales, ideas creativas, maravillosos compañeros, y padres que volvían a decirte lo mucho que necesitaban ese ratito para salir a pasear a la calle, llamar por teléfono a familiares, tomar un café o buscar un bocadillo. Al principio yo solo pensaba en lo bien que se sentirían los niños cuando fuésemos a amenizar sus tardes. No pensé en lo duro que también estaba siendo para esos padres, cada uno en sus circunstancias, por lo que escuchar lo mucho que les estaba ayudando, mientras yo simplemente disfrutaba con sus hijos un rato, me hacía sentir muy feliz.
El tiempo que colaboras en un voluntariado como éste, los problemas se relativizan, de pronto te sientes bien contigo mismo y parece que todo en la vida tiene más sentido. Es extraordinario y muy recomendable.
Sin embargo, muy a mi pesar, no puedo contaros que todo fuera maravilloso. No hay luz sin tinieblas.
No recuerdo cuanto tiempo hizo hasta que pude volver a ver a Manuela.
Esa tarde la psicóloga me pidió que la acompañara. Me dijo, "Pasa pero no te puedes quedar, saluda y nos marchamos en seguida".
Cuando entré, efectivamente allí estaba Manuela y sus padres con un terapeuta. No había vuelto a verla desde mi primer día. Todos me miraron y la niña abrió unos enormes ojos felices y exclamó: "Mira, Rosa, ¡Mira que he aprendido a hacer!".
Me quedé petrificada porque no sabía cómo debía actuar. La niña estaba intentando darse la vuelta sola en la cama con una sola pierna. "¡Muy bien!" le dije intentando parecer natural y alegre, "estoy orgullosa de ti, preciosa".
Su madre se acercó y me dijo: "Gracias, es que me había preguntado por ti varias veces ya". La psicóloga intervino para lograr una despedida exprés con gran amabilidad y una vez fuera me recordó: "No os cojáis cariño, que luego es peor". Era parte de las normas. Yo lo sabía pero era lo más complicado de cumplir.
Ya no la volví a ver más.
Siempre he querido pensar que Manuela es ahora una guapísima universitaria que siempre podrá contar su historia como una superviviente del 72% ganador contra el cáncer. Al igual que cada niño que conocí aquel año allí. Sé que no es así pero tener fe y confianza en la sanidad pública ayuda a sobrellevarlo pues me consta que hay grandes profesionales y voluntarios contribuyendo día a día a ello.
Me encantaría saber que esa chica ha llegado a leer esto y que, aunque no se acuerde de mí en concreto, si se acuerda de cuando su madre le contaba nuestra labor una vez se hizo más mayor.
Me consta que esta asociación sigue existiendo y creciendo hoy día.
Mi más sincera enhorabuena y cariño para todos lo que lo hacen posible. En especial al 100% de los niños, padres y madres que pasan por allí sin más remedio. Deben saber que lo que se vive allí con los voluntarios en un sentimiento recíproco que se retroalimenta y crece cada día. Una cadena indestructible de amor a ciegas del que no te puedes olvidar, aunque no haya caras en el recuerdo.
Tuve que dejarlo el curso siguiente, con todo el dolor de mi corazón, por temas de los que os hablaré en otras publicaciones más adelante. Pero esos son parte de mis recuerdos. Los que forman parte de mí. Los que me hacen intentar defender los derechos de los niños, quererlos, dibujarlos, escribir sobre ellos... así soy yo y así lo viví.
Espero que estas líneas os hagan sentir cosas bellas y os ayuden a entender la importancia de escuchar a nuestros niños, enseñarles a sentir y gestionar sus emociones. Forman parte de esta bella y cruel realidad al igual que nuestros Benito y Martina, protagonistas del relato.
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Gracias y un gran abrazo confinado ;)