Hoy os voy a hablar de aquellas cosas que se asemejan a mi realidad personal dentro de la ficción de la novela. El único relato que contiene algunos detalles que se pueden asociar a mi vida es el de "el abrazo".
Venancio me pareció un nombre poco común, con carácter e interesante, el cual asociaba a alguien a quien admiraba y apreciaba. Me pareció ideal tenerle ese detalle en su memoria. Se trata de mi profesor de dibujo y escultura en bronce Venancio Blanco. Algo más que un gran escultor y mucho más que una excelente persona.
El personaje nace de algunos recuerdos de mi juventud en que la vergüenza y el pudor no me dejaron disfrutar de aquellos primeros amores que con tanta intensidad revolucionan nuestro mundo de la adolescencia.
Cuando el personaje madura, y con él su relación con Clara, hay detalles, como ese "ya estoy aquí", que también son reales. Pero lo más intenso, y que reproducí con viveza, fue la degeneración de sus últimos días en el entorno familiar. La visita de la enfermera que daba aliento, informacion y apoyo moral a Clara reproduce a las que hacía la enfermera de cuidados paliativos de Priego a mi padre (a la cual, como ella ya sabe, le estoy eternamente agradecida). Nos dijo que él, pese a su estado, nos podía oír y sentir y desde entonces nos deleitamos a su lado hablándole sin palabras y acariciándole con ternura para que supiera que estábamos cerca, haciendo todo lo que estaba en nuestras manos por facilitarle la muerte digna que él merecía pese a su enfermedad.
También es cierto que, tras su muerte, un día me senté sobre una gran piedra y observé a lo lejos cómo las sombras se tragaban la Tiñosa. Allí nacieron las reflexiones que Clara tiene con Samuel al final del relato. Allí tras las lágrimas llegaron las sonrisas. Me quedé con sus bromas, con sus enseñanzas, con las experiencias y la formación que me regaló, con su ejemplo, con su bondad, sus valores y su modo de dar amor.
Allí lo dejé ir y después, satisfecha... me marché yo.
El personaje nace de algunos recuerdos de mi juventud en que la vergüenza y el pudor no me dejaron disfrutar de aquellos primeros amores que con tanta intensidad revolucionan nuestro mundo de la adolescencia.
Cuando el personaje madura, y con él su relación con Clara, hay detalles, como ese "ya estoy aquí", que también son reales. Pero lo más intenso, y que reproducí con viveza, fue la degeneración de sus últimos días en el entorno familiar. La visita de la enfermera que daba aliento, informacion y apoyo moral a Clara reproduce a las que hacía la enfermera de cuidados paliativos de Priego a mi padre (a la cual, como ella ya sabe, le estoy eternamente agradecida). Nos dijo que él, pese a su estado, nos podía oír y sentir y desde entonces nos deleitamos a su lado hablándole sin palabras y acariciándole con ternura para que supiera que estábamos cerca, haciendo todo lo que estaba en nuestras manos por facilitarle la muerte digna que él merecía pese a su enfermedad.
También es cierto que, tras su muerte, un día me senté sobre una gran piedra y observé a lo lejos cómo las sombras se tragaban la Tiñosa. Allí nacieron las reflexiones que Clara tiene con Samuel al final del relato. Allí tras las lágrimas llegaron las sonrisas. Me quedé con sus bromas, con sus enseñanzas, con las experiencias y la formación que me regaló, con su ejemplo, con su bondad, sus valores y su modo de dar amor.
Allí lo dejé ir y después, satisfecha... me marché yo.
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